La música permitió que su pequeño cuerpo de infante se elevara sobre lo alto de las nubes.
Y nosotros lo mirábamos y gritábamos su nombre. Él, no escuchaba.
Su risa fue igual si un rayo cayese sobre nuestras cabezas, se alumbró el cielo. El sol palideció por el instante en que B rió. Y todos reíamos con él.
Pero sus pequeños ojos no se posaron sobre nosotros.
De fondo, la música ocultaba el sonido de nuestro incesante palpitar. Pero él no escuchaba. Él reía.
Lo extrañábamos. Y él no nos extrañaría.
Murmuran por ahí
Que en el silencio de la noche
Te haz olvidado de mí…
descansa, criatura

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