
Es que… Odio los cambios.
¡Pero tu amabas los cambios!
Si, lo se.
Lo miró a los ojos y tomó la mano que se apoyaba débilmente sobre la mesa. Le dio una suave, dulce sonrisa y se levantó de su asiento. Abrió la cartera y dejó un billete de diezmil sobre la mesa.
Algo dijo. Héctor no escuchó. Ella lo miró una última vez y caminó, sin voltear en ningún momento, hacia el estacionamiento de su auto.
Nunca más se vieron.
