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martes, 4 de mayo de 2010

Vendetta


Por cada paso que daba, extendía tras de si el camino cubierto de sangre. La espada dorada brillaba carmesí, iluminada por los corazones de todos aquellos que hozaron cruzarse por el camino que él recorría.
El rostro del frágil asesino, pálido como la escarcha invernal, notaba en el semblante el peso de los actos cometidos. Más el, impávido, avanzaba silencioso, blandiendo la espada, cual rama fuese, agrietando, rebanando, destrozando a sus enemigos.
El pasillo, enorme y de color turquesa, resplandecía con la sangre en sus paredes y su suelo. La puerta principal, el cuarto del enemigo. Sólo unas personas separaban el camino de la espada roja, del solitario, con la cabeza del duque. Sólo unos cuantos latires más... Sólo unas cuantas cabezas por los suelos...

Y todo tranquilo y en paz,
terminaría.
¿No?

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