Silencio en la clase. El doctor afirmó con fuerza, pero con delicadeza cirujana, el bisturí entre sus dedos.
Miguel, se llamaba, “el cuerpo”, le decían en el aula.
Estaba todo morado, con sus párpados blancos. – ¡Intoxicación! – Gritó el cirujano. – Se sabe por lo inflamado por la tráquea-y-qué-se-yo.
Me ahogaron, idiota.
La clase aplaudió, mientras la camilla avanzaba al incinerador
Mira por la rendija de tu ventana
No te equivoques
TEME

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