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sábado, 9 de enero de 2010

Carta de Marta a su madre en el campo


No importa cuanto grite el hombre, las personas a su alrededor no se acercaran a preguntarle si esta bien, qué es lo que le pasa. En verdad, estoy casi segura de que pasarían a su lado con expresiones de desprecio, vergüenza, e, incluso, pena. Pero de ahí a parar a extenderle la mano a ese vagabundo, moribundo, hambriento, desamparado. Já. Ni de broma. La gente capitalina es tan encerrada en su propio mundo, malditos egoístas. Solo se detendran si deben de ver la hora en sus relojes relucientes o si si se ven obligados a parar para comprar algo en alguna tienda mayorista.
Por eso odio la capital. Por eso, y porque aquí no tengo tu rica tarta de frutas.


Shh!
Está viva!

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